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Mi hacedor de milagros

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Desde el primer momento en que conocí a Jesús y nací de nuevo me llamó mucho la atención su poder sanador. Saber que en su nombre podíamos echar fuera la enfermedad despertó algo en mi interior. Debido a mi profesión tenía pacientes con diferentes discapacidades todo el tiempo y en varias ocasiones oré por esto queriendo ver milagros, sanidades y avances en ellos. En algunas reuniones de liderazgo oraron por los asistentes desatando esa unción de sanidad y milagros y después de esto comencé a orar por amigos, conocidos y por mis pacientes a pesar de las burlas de algunas de mis compañeras. Pero puedo dar testimonio de que varios de ellos fueron sanados milagrosamente. Esto en su momento fortaleció mi fe; sin embargo, lo difícil empezó cuando la necesidad de milagros ya no eran para otros, sino para mi propia casa.

 

Tenía un gran conflicto en mi interior, pues la prueba era doble, tenía dos diagnósticos desfavorables en dos de mis hijos que probaron mi confianza en Dios y mi fe en Él. Sentía una gran presión sobre lo que la ciencia y mis estudios académicos me decían; por el otro lado, lo que la fe en Dios hablaba a mi corazón. Tuve que decidir cerrar mis oídos a la presión de las voces del mundo. Cualquiera que haya atravesado un momento así sabe que no es fácil. Incluso llegué a pelear con Dios, me preguntaba: Si Él me ama, ¿por qué está pasando esto? Justamente fue en ese momento donde tuve que reavivar mi fe. Decidí creer que Él estaba allí, que no me había soltado y que su mano poderosa tenía control sobre todo; que lo que me estaba sucediendo no era un castigo, sino que entendí que la prueba se puede convertir en nuestro testimonio –la oportunidad de ver la gloria de Dios, milagros, Sus las misericordias y la manifestación de Su grandeza y poder–. Cuando entendemos esto, nuestra fe se vuelve más fuerte, inquebrantable, como la de un niño que confía fielmente en su padre. 

 

El mundo quiere que apaguemos la fe, que la esperanza deje de estar en nuestro corazón, que la confianza en Dios mengüe, que decidamos no creer más en Su poder, en sanidades y milagros, que aceptemos vivir en derrota, en lo natural, en cárceles espirituales, en aflicciones y dolor. En algunas ocasiones las noticias, las circunstancias, los diagnósticos médicos, las diferentes teorías humanistas golpean nuestra fe –es decir, nuestra capacidad de creer, de confiar y de esperar lo mejor de Dios–, pero no debemos dejarnos convencer de esas voces diferentes a la palabra de Dios por fuertes que sean. Su único objetivo es que dejemos de creer y de esperar en Él.

 

El mundo quiere afligirnos y Dios lo sabe, a Él nada lo toma por sorpresa y nos lo hace saber en Juan 16:3b diciendo… “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo”. Notemos que dice confíen, confíen, confíen, porque yo he vencido, Jesús venció la aflicción, el pecado, la enfermedad. La victoria de Jesús es nuestra victoria, es decir, que podemos vencer la aflicción por medio de Jesús. ¿De qué manera? La única forma de vencer es confiar en Jesús por medio de la fe. La aflicción y las múltiples luchas que puedes estar viviendo son temporales. Cristo ya venció y si confías finalmente llegará tu victoria, el milagro que tanto anhelas.

 

Es por esto que debes aprender a confiar. Esto implica mantener una actitud de esperanza, y hacerla  crecer. Tener esperanza implica aprender a esperar, creyendo en que Dios lo hará en su tiempo. Al mismo tiempo, recuerda que la fe es la certeza –estar convencida– de lo que espero. La pregunta es: ¿qué esperas? Debes esperar buenas cosas. Eso es esperanza, aprender a esperar lo mejor de Dios: espera tu milagro, espera tu sanidad, espera tu victoria. Definitivamente, conserva tu esperanza y tu fe en alto porque siempre van juntas. Confía que tu milagro ya sucedió y está en camino.

 

En la palabra encontramos a un hombre que por su fe conquistó un milagro y le puso fin a su aflicción. Es el ciego llamado Bartimeo, que mendigaba junto al camino, al oír de Jesús (Mi hacedor de milagros) colocó en Él su esperanza y fe, llamó su atención de manera persistente y pidió misericordia. Pero… ¿Qué crees que sucedió? Pues aparecieron las voces extrañas que decían: ¡No mereces la sanidad!, ¡no molestes a Jesús!, ¡cállate!, ¡no grites!, ¡Jesús está ocupado para ti!, ¡no hay milagros para ti! Pero al no dejar que esas voces ahogarán su fe, fue llamado por Jesús, Bartimeo se acercó confiadamente y obró en fe al botar la capa que lo identificaba como ciego ante la sociedad. Estaba diciendo: “Hoy es el día de mi milagro y no volveré a necesitar esta capa, ¡la marca de mi debilidad, de mi vergüenza y de mi aflicción hoy será quitada!”. Y efectivamente, al pedir la sanidad, Jesús le dijo: “Recíbela porque tu fe te ha salvado”. 

 

Por tanto, mantén en alto tu fe con la esperanza de que algo va a pasar, recuerda que tu aflicción no es para siempre. Jesús te ha llamado, despójate de toda marca de aflicción, pues no es tuya, recuerda que al final vencerás por tu fe en Jesús, ¡el hacedor de milagros!

Es necesario entonces resucitar la fe, hacerla crecer y mantenerla. El Señor nos da la clave para esto en Romanos 10:17, diciendo: “La fe viene por el oír y el oír por la palabra de Dios”. Nota que dice que la fe viene… ¿Cómo viene la fe? Por el oír, el oír de la palabra de Dios; es decir, el oír la voz de Dios. Escuchar constantemente la Palabra aumenta mi fe. Los testimonios de milagros que están en Su palabra también la hacen crecer. ¿Cuántas veces escuchamos con más fuerza las voces extrañas? ¿Por qué prestamos demasiada atención a quienes atacan nuestra fe? Ahora, si la fe viene por el oír la voz de Dios; la duda y el temor también vienen por el oír las voces erróneas. A veces hasta escuchamos doctrinas incorrectas que nos quieren convencer de dejar de creer en la capacidad de Dios de hacer milagros hoy, pues dicen que el tiempo de los milagros ya pasó; pero no es así, el tiempo de los milagros no ha terminado, pues la Biblia no habla de tiempos de milagros, sino de un Dios hacedor de milagros, y nuestro hacedor de milagros es el mismo ayer, hoy y siempre.

No permitas la duda, no mires las circunstancias, solo cree. ¡Esta prueba será tu testimonio y la oportunidad de conocer al hacedor de milagros!

Escrito con amor por: P. Zuleyma Devia

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